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Martín Vázquez Grillé
"Pequeños botes cruzando lo negro del Río" 

Nació en enero de 1976 en Buenos Aires. Estudió Letras en la UBA y actualmente cursa la carrera de Historia, también en la UBA. Trabaja como docente de inglés y de español para extranjeros. En 1998 fue seleccionado para la Antología de Poetas del Ciclo Buenos Aires No Duerme, publicada por Eudeba y en 1999 publicó Tundra (poesía) en forma independiente. Tradujo a Mark Strand (The Continuous Life, Alfred A. Knopf, 1990), algunas de esas traducciones pueden leerse en No Retornable Vol 7. En 2011 fue seleccionado como Poeta Revelación en la 2da. Convocatoria de la Revista Plebella.


 

 

Prólogo del libro - Por Selva Almada

El río inmóvil

Mi río es el río de Juan L. Ortiz, ese zen y luminoso que también sabe ponerse torvo y oscuro, el de las islas verdes que esconden pájaros y animalitos. Siempre movedizo, el mismo río que siempre es otro. El de Martín Vázquez Grillé, en cambio, es el río inmóvil, un tajo negro que abre el cemento en dos. La superficie de este río brilla engañosa: no es el reflejo del sol que se abre paso entre el humo de las chimeneas, es el brillo tornasolado del combustible que van dejando los grandes barcos.

Un río quieto que abraza pescados muertos, bolsas de nylon, tarros viejos, desperdicios industriales. No lo orillan los amantes en sus paseos estivales, mojándose los pies descalzos. Sino un racimo de obreras y de obreros que esperan el colectivo de madrugada, que se cuelgan del estribo para llegar a tiempo al trabajo. Un río apenas crispado por las sirenas de las fábricas que, en las mañanas de invierno, se sacude del lomo una bruma densa y helada.

Pero el río es también el paisaje de la infancia, de la casa materna, de la madre moribunda… quizá la misma muchacha que en uno de los poemas no ve la hora de encontrarse con sus amigas “danzarinas de sábado a la tarde, soñadoras en un bosque / cerrado y terso como una diminuta caja de cristal”; tal vez la misma que después “en la foto sonríe y parece festejar / cierta maravilla en las piernas del chico, firmes por primera vez”. Un río al que no se puede dejar atrás aunque se quiera, ese que todo lo engulle, de ese que no se salvan ni los juguetes de los niños.

Hay ferocidad y belleza en el río que nos cuenta Martín Vázquez Grillé: es un organismo vivo, amenazador y, al mismo tiempo, un viejo conocido de toda la vida. Se lo teme, se lo respeta y se lo recuerda con nostalgia.

En la primera parte de este libro, los poemas funcionan como una serie de postales urbanas de un barrio ribereño: allí las muchachas que mencioné antes, los barcos, los vecinos, las fábricas… un relato que se va armando en torno a ese río.

La segunda parte, es una suerte de relato coral en primera persona, una voz colectiva, femenina además, que cuenta el revés de la trama: “las conversaciones / de todos aquellos que esperan, al otro lado del río / como ramita partida que flota, buscando compañía / hacia la orilla”. El tono doloroso de los poemas de la primera parte, aquí se torna dulce melancolía; la atmósfera concreta, realista, se vuelve extraña, llena de susurros, de fantasmas. Como si ambas series fueran el positivo y el negativo de la misma fotografía.

Pequeños botes que cruzan lo negro del río, es un libro que por momentos duele y por momentos acaricia. La voz de Martín Vázquez Grillé es poderosa como ese río que narra y al mismo tiempo llena de brillos, como el río que conozco.

Selva Almada

 

RESEÑAS:

- Partituras de una música extraña. Por Carlos Schilling para La Voz del Interior

 

 

Poemas DEL LIBRO

 

Se estira la madrugada, se hace agua frente a la puerta.

Adormecidos, como hormigas en fila, los vecinos

emprenden la marcha a la fábrica en un silencio

apenas cortado por el saludo grave de las mañanas

o los velatorios.

Calladita caminás, no vaya a ser que se rompa

el embrujo de aquella música de anoche

de los pasos subiendo la escalera de hierro

y la chapa quejándose, contraída en la helada.

Calladita esperás y quisieras que el camino fuera bien largo

para ver como la luz se asoma a lo lejos por el río

ese río negro de bocinas y grandes barcos repletos de aceite

que a veces, algún que otro amanecer

te envuelve en una bruma azulada, antes de ir a trabajar.

 

**

 

Finalmente vieja, te has quedado dormida

y hay un aliento hosco en los arboles

que al pasar silban antiguas canciones de cuna

como si una mañana cualquiera hubieran caído toneladas

de nieve y viviéramos ahora en un inmenso iglú

rígido y claro, donde no llega la noche, ni el día

y cada momento fuera uno solo

flexible, expandiéndose en una misma dirección:

un río oscuro, siempre ahí, planchado

a la espera de todo lo que se pueda tragar.


 **

 

¿Será un bosque o el paisaje de la muerte

lo que nos mantiene contemplando los detalles,

las variaciones del suelo alrededor, a veces cubierto de ramas

como un colchón ondulante, resinoso

despojado de toda posibilidad de dolor y en ocasiones

(en lo que pareciera ser la otra parte del ciclo, como la noche

o el verano después del frío) envuelto en un mar de brasas,

fuego acechante que todo lo destruye para verlo renacer?

¿O será simplemente un mal sueño

en donde se recorren kilómetros entre árboles y sombras

sin sentir el cansancio, ni siquiera hambre, tampoco sed

y lo único que hacemos es avanzar

hacia un lugar recordado por los dos, una orilla tranquila

en la que espera un bote y su botero

listos para cruzar al otro lado del río?